Amores de Verdad

El tintineo de las copas de cristal y el rico aroma a cordero asado llenaban el opulento comedor, pero el pecho de Arturo se sentía extrañamente vacío. Al otro lado de la enorme mesa de caoba, su esposa, Silvana, reía de forma teatral con sus adinerados invitados, mientras su collar de diamantes atrapaba la luz del candelabro. «¿Dónde está mi madre?», preguntó Arturo, con una voz que cortó la suave música de jazz de fondo. Silvana agitó una mano con desdén y le dio un sorbo a su champán. «Oh, querido, ya sabes cómo se pone. Dijo que le dolía el estómago y prefirió comer algo ligero sola en su habitación», ronroneó, antes de volver a sonreírle a la esposa del alcalde. Pero Arturo conocía bien a su madre. Doña Rosa había pasado toda la mañana ilusionada, ayudando a preparar la cena. Jamás se la perdería por voluntad propia.

Pidiendo disculpas a los presentes, Arturo subió la gran escalera. Revisó las suites principales, las habitaciones de invitados y la sala de lectura. Vacías. Un nudo frío se instaló en su estómago. Descendió por la escalera trasera hacia las antiguas dependencias de servicio, un área húmeda y abandonada que estaba a punto de ser remodelada. Al acercarse a la vieja despensa sin ventanas, escuchó un leve roce. Empujó la pesada puerta de madera y la escena que encontró hizo que la sangre se le helara.

Doña Rosa estaba sentada sobre un balde de plástico volcado en medio de la más absoluta oscuridad. En sus manos frágiles y temblorosas, sostenía un pedazo de pan duro como una piedra. Sin agua. Sin luz. Soportando la corriente helada del sótano. «Silvana dijo… que yo era muy torpe para sentarme con gente tan importante», susurró su madre, con lágrimas que trazaban líneas limpias sobre el polvo de sus mejillas. «Y luego cerró la puerta por fuera con llave.»

Una furia silenciosa y aterradora nació en el interior de Arturo. No gritó ni hizo un escándalo en ese instante. Levantó a su madre con infinita delicadeza, envolvió sus hombros temblorosos con el saco de su traje a medida y la escoltó hasta su auto, ordenándole a su chofer de confianza que la instalara en el hotel más lujoso de la ciudad. Luego, Arturo regresó al comedor con pasos firmes. Caminó directamente hacia la cabecera de la mesa, tomó la copa de champán de Silvana y la estrelló contra el suelo de mármol. Las risas cesaron de golpe.

«La cena ha terminado, les ruego que se retiren de inmediato», anunció Arturo, con una voz desprovista de cualquier calidez humana. Se giró hacia su esposa, cuyo rostro pálido reflejaba un pánico repentino. «Y tú, Silvana, tienes exactamente cinco minutos para empacar una sola maleta. Ya que disfrutas tratando a la mujer que me dio la vida como a un animal callejero, vas a descubrir hoy mismo lo que significa no tener dónde dormir.» Los papeles del divorcio se presentaron a la mañana siguiente, ejecutando una cláusula prenupcial que la dejó sin un centavo, y dejando en la mesa de noche de Silvana un único regalo de despedida: un trozo de pan viejo y duro.

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