El tintineo de las copas de cristal y el rico aroma a cordero asado llenaban el opulento comedor, pero el pecho de Arturo se sentía extrañamente vacío. Al otro lado de la enorme mesa de caoba, su esposa, Silvana, reía de forma teatral con sus adinerados invitados, mientras su collar de diamantes atrapaba la luz del candelabro. «¿Dónde está mi madre?», preguntó Arturo, con una voz que cortó la suave música de jazz de fondo. Silvana agitó una mano con desdén y le dio un sorbo a su champán. «Oh, querido, ya sabes cómo se pone. Dijo que le dolía el estómago y prefirió comer algo ligero sola en su habitación», ronroneó, antes de volver a sonreírle a la esposa del alcalde. Pero Arturo conocía bien a su madre. Doña Rosa había pasado toda la mañana ilusionada, ayudando a preparar la cena. Jamás se la perdería por voluntad propia.
Pidiendo disculpas a los presentes, Arturo subió la gran escalera. Revisó las suites principales, las habitaciones de invitados y la sala de…
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